Mi obra como un laboratorio de imagen
Pintura, dibujo y escultura expandida como un mismo espacio de investigación.
Hay un momento en el que dejar de mirar la obra como piezas sueltas y empezar a verla como un conjunto cambia por completo la forma de entenderla.
En mi caso, ese conjunto se parece más a un laboratorio que a una colección cerrada. No trabajo para repetir una fórmula, sino para ir comprobando qué ocurre cuando una imagen se descompone, se tensa, se borra o vuelve a aparecer bajo otra forma. La pintura, el dibujo y la escultura expandida me sirven para eso: para pensar con materia, con línea, con huecos y con presencias.
Lo que me interesa no es solo el resultado final, sino el proceso que lo hace posible. La imagen, para mí, no termina en lo visible. Empieza ahí.
El rostro: una forma de pensar la presencia
Hay un motivo que vuelve una y otra vez en mi trabajo: el rostro.
No me interesa como retrato en sentido tradicional, ni como una imagen que quiera fijar una identidad cerrada. Me interesa más como superficie de tensión. Un rostro puede contener memoria, herida, silencio, extrañeza, gesto, duda. Puede ser muchas cosas a la vez.
Por eso, en mis figuras aparecen deformaciones, vacíos, desajustes, capas que ocultan y revelan al mismo tiempo. No busco corregir esas alteraciones. Me interesa precisamente esa zona en la que la imagen deja de ser estable y empieza a decir algo más profundo.
El rostro, en mi obra, no explica: interroga.
La materia: huella, tiempo y sedimentación
Otro de los elementos esenciales en mi trabajo es la materia.
Me interesa la pintura cuando deja de parecer una superficie limpia y empieza a mostrar su historia. Capas, raspados, superposiciones, marcas, accidentes, restos. Todo eso me habla del tiempo de la obra y de la forma en que una imagen se construye mientras se deshace.
No entiendo la materia como adorno ni como efecto. La entiendo como memoria. Cada gesto deja una huella, y esa huella forma parte del sentido de la pieza. La obra no quiere ocultar su proceso; quiere dejarlo respirar.
El paisaje: otra manera de mirar
Junto al rostro aparece otro territorio que también atraviesa mi práctica: el paisaje.
No me interesa el paisaje como postal ni como escenario bonito. Me interesa como experiencia de observación. Como espacio donde la mirada se hace más lenta. Como lugar en el que la luz, el agua, la arquitectura o la ciudad modifican la percepción.
En esos trabajos hay otra respiración. Más abierta. Más silenciosa. Menos frontal que en los rostros, pero igual de intensa.
El paisaje me permite salir de la figura sin abandonar la pregunta. Me obliga a mirar la relación entre el espacio y la experiencia, entre lo que veo y la forma en que ese lugar me afecta.
Figuración y abstracción: una tensión que no quiero resolver
Una de las cosas que más me interesa de mi obra es la tensión entre figuración y abstracción.
No la veo como un conflicto que haya que resolver. La veo como un lugar fértil. La figura aparece, pero no termina de fijarse. La abstracción entra, pero no borra del todo la referencia. Entre ambas hay una zona de transición que me interesa mucho más que cualquier definición cerrada.
Esa zona intermedia es donde la imagen se vuelve más abierta. Más viva. Más ambigua. Y también más cercana a cómo percibo realmente el mundo: nunca del todo claro, nunca del todo fijo.
La imagen como umbral
Si tuviera que resumir mi trabajo en una idea, diría que me interesa la imagen como umbral.
No como respuesta definitiva. No como ilustración de una idea previa. Sino como un lugar de paso. Un espacio donde algo puede aparecer, alterarse o permanecer suspendido.
En ese sentido, cada obra forma parte de una investigación más amplia. No son piezas aisladas. Son capítulos de una misma búsqueda. Cada una explora una posibilidad distinta, pero todas dialogan entre sí: el rostro, el paisaje, la materia, el cuerpo, la percepción, el espacio.
Todo forma parte de una misma red.
Un proyecto que se va construyendo con el tiempo
Mi trabajo no nace de una sola imagen, sino de un conjunto de proyectos que se cruzan y se amplían unos a otros.
Las disecciones pictóricas, la excultura expandida, las imágenes del movimiento, la senda acuática, los estudios sobre la visión o las migraciones no son líneas independientes que compitan entre sí. Son distintas formas de entrar en una misma pregunta: cómo se construye una imagen, cómo se habita, cómo se transforma, cómo deja de ser solo representación para convertirse en experiencia.
Eso hace que mi obra no busque cerrarse. Prefiere abrir caminos.
Seguir mirando
Cada vez me resulta más claro que el arte no es solo resultado. Es tránsito. Es atención. Es una forma de estar en el mundo sin exigirle respuestas inmediatas.
Por eso me interesa tanto el proceso, el error, la duda, la deriva. Ahí aparece muchas veces lo que realmente sostiene una obra. No en la certeza, sino en la búsqueda.
Mi trabajo sigue creciendo desde esa convicción: que mirar con profundidad también es una forma de pensar, y que una imagen puede ser mucho más que lo que muestra en la primera mirada.

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